Aunque la mona se vista de seda.

Recuerdo perfectamente aquel día después de clase, andando por unos pasillos insulsos, los de mi colegio, que sólo invitaban a dar media vuelta y olvidarme de aquel curso de orientación universitaria, porque yo no pedí crecer y menos aún tener que ir a la universidad para seguir estudiando.

Por entonces me encantaba dibujar, y mi ánimo reclamaba creatividad, eso me excitaba, chicas aparte, convertir líneas en curvas y curvas en formas nunca antes imaginadas, crear formas agradables de mirar y poder hacer que la gente llegara tarde al trabajo porque esa tostadora tan bien diseñada inspiraba y prolongaba aquella agradable sensación del sueño, y salir de casa todavía sonriendo pues el vehículo con el que la gente se desplazaría sería cómodo y ecológico, y qué decir del trabajo en el que la ergonomía de cada puesto y la eficacia de cada utensilio haría hasta a los jefes más agradables, el tiempo liviano, los edificios prácticos, el trabajo placentero, dejándonos incluso tardes libres para disfrutar con los nuestros. Todo eso estaba en mis manos, por eso no di media vuelta.

Llegue al aula y al abrir la puerta vi, junto a un horroroso muestrario de telas, una persona de la que no guardo el más mínimo recuerdo. Una vez dentro volví a leer la nota: Curso de orientación universitaria de diseño e investigación de Moda. No dejéis nunca de leer las notas hasta el final.

Pero repuesto del susto y aceptando mi error, pensé que aquella era la clase de giros inesperados que aparecen en la vida y que aún truncada la ilusión, en un inexplicable impulso de coraje, el ánimo se repone con valentía y arrojo convirtiendo aquel momento en el instante que deja la huella imborrable del éxito, para años más tarde rememorarlo ante las cámaras del mundo entero, con la naturalidad de Jean Paul Gaultier o John Galliano, como el más importante de mi vida, el que hizo realidad ese mundo utópico, en el que madrugar fuera el gesto feliz y espontáneo de cada mañana para elegir la ropa que prolongara aquella agradable sensación del sueño, llegar al trabajo sonriendo rodeado de colores y formas que hicieran hasta a los jefes más agradables…


Y claro está, tampoco sucedió de esa manera, y menos aún la “naturalidad” de Jean Paul o Galliano, a la vista está, pero algo saqué en claro y es que existe por un lado, el Olimpo de la Costura, con mayúsculas, la exclusividad del arte, al que acceden los elegidos por ser: ricos, famosos asesorados, realezas de diseño y ministras subvencionadas, que con altas firmas y finas costuras visten aires de Milán, New York, París, Cibeles y Gaudí, de inspiración homo-divina, mientras que por otra parte el resto de los terrestres, que no somos reptiles, pero tampoco tenemos alas, podemos acceder a la “Eterna Tournée del Prêt-á-porter”, con sus escaparates de glamurosas fieras, equilibristas de pasarela, publicidad de inquietudes enlatadas, glorias de cinco minutos, exitosos financieros de la moda juvenil y complementos mil… Todo lo necesario para tener una vida plena y satisfecha. Pero no es lo que yo soñé.

Aún así no estoy en contra de que exista lo uno o lo otro, sino de cómo se nos presenta, ofrece y vende, en definitiva de cómo nos tratan para comprar lo de más aquí y desear lo de más allá, puro mercadeo (marketing). Sin ir más lejos cuando busco unos pantalones nuevos busco alguno que me haga sentir especial, porque es lo que me han hecho creer, y sin renunciar del todo a ello, ahora que necesito unos vaqueros nuevos, buscaré los que mejor me sienten y mejor me hagan sentir, puro teatro.

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~ por gonzalo74 en septiembre 24, 2007.

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